Como parte del cierre de esta campaña para crear conciencia sobre la seguridad vial, me piden que comparta un poco de mi experiencia sanando luego del 15 de diciembre de 2020, el día que mi amigo José fuimos arrollados por una camioneta mientras paseábamos en su motora. Los dos tuvimos que lidiar con procesos de recuperación paralelos pero muy diferentes. Él perdió su pierna. Yo, frente a un escenario muy pero que muy desalentador, logré conservar la mía.
El golpe que recibí me rompió cinco huesos del pie y la fíbula, pero lo verdaderamente grave fue que trituró un pedazo de mi tibia justo encima de mi tobillo y además, ahí mismo, tenía una herida grande y abierta que tardó cinco meses en cerrar. Fueron días largos de mucha preocupación para mí y mi familia, porque los médicos no podían anticipar muchos factores de mi recuperación. Había una altísima probabilidad de que mi pierna se infectara, de que los esfuerzos para que mi hueso lograra unir nuevamente no funcionaran, de que mi movilidad se viera severamente limitada o incluso de que tuvieran que amputar parte de mi pierna.
Honestamente, siento que no tuve tiempo de deprimirme o de rendirme frente a este cuadro. Hoy, a casi 3 años del choque, pienso en todo lo vivido y aprendido con asombro y agradecimiento. Recuerdo que, en una de las citas con mi ortopeda, cuando veía muy lejos volver a caminar, mi ortopeda me confesó que tratando de resolver casos como el mío es que los médicos perdían el sueño, pero también me dio algo de esperanza. Me dijo: “aquí yo he visto milagros”. Y pues, quizás eso fue lo que pasó, un milagro.
Quizás el milagro fue que todos los diversos factores que debían operar para que no perdiera mi pierna funcionaron. Atención médica rápida y eficiente, excelente cirujano, red de apoyo entregada y amorosa. Por mi parte, la voluntad de convertirme en la mayor defensora de mi pierna y hacer todo lo que entendí era importante para conservarla. La actividad física fue esencial en ese camino. Le debo al entrenamiento personalizado una buena parte del éxito de mi recuperación. Aún sin poder mover mi pierna ni pisar, poco después de la primera de mis tres cirugías volví a entrenar como lo hacía antes del choque. Nunca me detuve.
Caminar otra vez, primera con muletas, después con bastón y finalmente sin cojear fue -como leí en una novela- “parecido a empezar de nuevo a vivir”. Hoy valoro cada paso que doy, a diario, de verdad. Sé el miedo que se siente frente a una posible amputación y admiro el temple y la valentía con la que mi amigo y varios entrevistados manejan su nueva realidad. A veces me siento culpable por tener mi pierna. Pero también sé que en la vida muchas veces no decidimos lo que nos toca. Hay que enfrentar el camino que es nuestro, con la mejor actitud posible. Cada una de las personas que entrevistamos así lo ha hecho.
Quisiera darle las gracias una vez más a cada persona que me ayudó durante mi proceso de rehabilitación, que fue difícil porque además me tocó en un momento de verdad muy complejo. Quisiera que mis brazos se convirtieran en alas enormes para abrazarles a la vez, como la gran comunidad que crearon solo para mí. Quisiera que mis manos fueran varitas mágicas para sanar tanto dolor inexplicable que han tenido que vivir las personas que formaron parte de esta campaña. Pero solo puedo decirles que conocer sus historias agrandó mi perspectiva, me dio fuerza y esperanza; y así continuará siendo cada vez que les piense.
Indudablemente, también me dio una gran conciencia sobre el peligro que es guiar bajo los efectos del alcohol, de manera negligente o descuidada. Ojalá este esfuerzo logre esto en cada persona que nos visite o nos lea.



