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Camille Rodríguez

Historia Camille Rodríguez

Quien la observa al pasar o recién la conoce no podría imaginar lo que la calle le quitó a Camille Rodríguez Báez. Nada en su físico indica una pérdida. A diferencia de otras personas cuya historia relatamos en esta plataforma, ella anda sin bastón, sin prótesis, sin heridas visibles. Pero lo que tuvo que enfrentar un trágico 6 de febrero de 2009 le dejó una herida tan profunda que todavía hoy, 13 años más tarde, sigue doliendo. A veces, incluso duele como el primer día. Eran alrededor de las 3:00 p.m. cuando la mujer, que hoy tiene 47 años, transitaba por la carretera número 3 en dirección a Río Grande. Su madre cumplía años al día siguiente, así es que parte de sus tareas era planificar cómo sorprenderla en esa fecha importante. Los hijos de Camille iban en la parte trasera del carro. Pablo Luis, de 8 años y Camila, de 6, conversaban alegremente con ella sobre quien cargaría el bizcocho de cumpleaños, las flores y el regalo para la abuela. Entre los tres ya habían formado la fiesta. Y fue en medio de esa algarabía provocada por la coordinación de un día tan feliz que otra conductora que iba a exceso de velocidad, alegadamente mirando el celular, impactó por el medio el auto en el que viajaba la familia. El golpe fue tan descomunal que Camille no recuerda absolutamente nada de la escena. Tras la embestida, pasó dos semanas en coma y 74 días sin poder moverse de la cama. Cuando despertó, estaba amarrada a una camilla.  

“No podía hablar. Estaba muy sedada”, cuenta. 

Según recuperaba la conciencia, empezó a notar en su habitación la presencia de los visitantes que la habían acompañado durante su tiempo en coma: sus hermanos, su madre y otros familiares cercanos. Ella los recibía hasta con bromas, ajena a lo que había ocurrido y nadie tenía el valor de contarle. Hasta que al cabo de unos días un equipo formado por un sicólogo, un siquiatra, un sacerdote y otros médicos le dieron la noticia: sus dos amados hijos habían muerto en el acto el día del choque. Los cuerpos de los dos seres que la llamaban mamá, los niños que ella se esmeraba por hacer felices todos los días, los responsables de sus momentos más plenos fueron enterrados mientras ella batallaba por su vida. No pudo siquiera despedirse de ellos.

Camille

“Ese ciclo no lo cerré. No fui al velorio de mis hijos. Estaba en coma”, cuenta con la tristeza en la garganta. Tampoco ha encontrado forma de mirar las decenas de fotos de ese día que sus familiares guardaron para ella. Mucho menos ha visto las imágenes de la escena del choque. Jamás pudo volver a la casa donde vivía con ellos. El dolor al pensar que iba a pisar un hogar vacío era intolerable. En su lugar, decidió mandar a recoger todas las pertenencias de los niños y solo conserva algunos recuerdos que guarda como tesoros.  

Al salir del hospital, en medio de un sufrimiento emocional inimaginable, la condición física de Camille todavía era delicada. Tenía las caderas rotas, la vejiga recién reparada porque se le había destrozado con el impacto y la espalda severamente lastimada. No le garantizaban que volvería a caminar. Debía tener mucha más paciencia y determinación para recuperarse. A su alrededor, todos se preguntaban cómo lo haría o si podría lograrlo porque, ¿cómo se sobrevive una tragedia como esa?  

“Yo vivo un día a la vez. Hay días chéveres y otros no puedo salir de la cama”, admite. “Me arrancaron una parte de mí. Yo jamás seré la misma Camille”, añade. Atribuye su admirable voluntad para continuar viviendo al apoyo de grandes amistades, “buenas de verdad”, sobre todo a sus primas, a su fe en Dios, a la oración y a una madre siempre incondicional a su lado. “Mi mamá es otra cosa. Mi mamá vivió para mí”, destaca con agradecimiento. 

Rodeada de mucho amor, con la fortaleza monumental que demuestran los árboles al reverdecer tras el azote de vientos huracanados, la madre de Pablo y Camila no solamente logró volver a caminar, sino que ha podido encontrar la manera de vivir con el vacío insondable que la abrupta partida de sus hijos dejó en su alma. A veces piensa que ella sabía lo que iba a pasar porque al mirar hacia atrás puede afirmar que verdaderamente disfrutó de ellos. Fue una mamá “intensa”. No se arrepiente ni una sola vez de haber dejado de fregar por irse a jugar con ellos, o de ingeniárselas para esconder regalitos que los dos descubrían los días de sus cumpleaños. 

En medio de su luto, Camille se cuestionaba qué iba a hacer con todo el amor que tenía dentro. Entonces decidió que, si ya no tendría a sus pequeños a su lado, podría cuidar y amar a otro niño necesitado de ese insustituible afecto maternal que ella podía ofrecer sin medidas. La adopción surgió como una alternativa y no dudó en asumir la gran responsabilidad que conlleva. Decidió que no podía ser en Puerto Rico, pues sería imposible soportar que por alguna situación pudiera perder nuevamente a un ser amado. Justo al cumplirse los nueve meses de trámites para adoptar en Rusia- como si se tratara de un nuevo embarazo- recibió respuesta. Isabella, de 18 meses- la esperaba al otro lado del mundo. Luego le notificaron que la bebé tenía una hermana de la misma madre. Se llamaba Viktoria y tenía tres años. Camille quiso que estuvieran juntas y fue a buscarlas a las dos junto al padre de Pablo y Camila, de quien hoy está divorciada. 

Camille 2

Estas dos niñas conocen la historia de su madre puertorriqueña. Las tres se han convertido en compañeras inseparables que disfrutan de un amor por decisión que crece cada día. Para Camille, sus hijas llenan sus días de afecto, risas y, claro, también de los retos naturales del proceso de crianza. Ha sido hermoso ver que, aunque no tienen idea de lo que es perder un hijo, las dos empatizan con ella y se lo hacen saber de las maneras más inesperadas. Como cuando salieron de un restaurante muy felices con unos globos que les habían regalado, y una de ellas lo dejó libre mientras lo miraba elevarse al cielo. “Es para Pablo y Camila”, explicó la niña cuando su mamá le preguntó por qué había hecho eso. 

Camille 5

Mientras, Camille sigue recordando a sus hijos en las fechas especiales o en cualquier momento que una vivencia los trae a su mente. Cuando hornea los ‘brownies’ que tanto les gustaban y, especialmente, los días de sus cumpleaños. Siempre los visita al cementerio y les canta a todo pulmón para celebrarlos como siempre hizo cuando estaban vivos. El recuerdo de Pablo y Camila también la impulsa a tratar de vivir cada día como si el mañana no existiera. Sabe que hoy está aquí, pero nadie sabe cómo pueden cambiar las cosas en un instante.  

Los días que el dolor es simplemente insoportable, Camille busca consuelo en el baúl de las memorias. “Veo muchas fotos de ellos, aunque las lágrimas sean tantas que no pueda ni ver”, confiesa. No sabe si es casualidad, pero le llama la atención un detalle de lo que ocurre el día del aniversario de la muerte de sus hijos. Casi siempre llueve el 6 de febrero. 

Historia Rubén Figueroa

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“En el elevado de Guayanilla hacia Ponce perdí el control”, cuenta el conductor, quien hoy tiene 43 años. Rubén siente que el día que sobrevivió el choque volvió a nacer. A los 19 años, Rubén Ismael Figueroa Pérez trabajaba en una compañía disquera. Como parte de sus labores, viajaba a varios pueblos de la Isla para llevar carteles.

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“Esto era pa’ picarlo”, me dice el muchacho mirando su pierna izquierda que se ve deformada, con una cicatriz larga que la cruza. Está sentado en su silla de ruedas. Antes del accidente practicaba lucha, se ganaba la vida en su oficio de mecánico (por eso fue que su amigo lo llamó para ayudarlo).

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