Cualquier madre o padre puede identificarse con la preocupación que se experimenta a partir del día que los hijos tienen la edad para salir de casa conduciendo el carro sin que ellos estén. Hay quienes dirán que no se duerme hasta que ellos llegan o, en todo caso, el sueño es interrumpido por la preocupación latente de que algo les pueda pasar.
Como si tratara de aliviar esa inquietud de sus padres, Adrián Rob Mariner Iglesias, de 18 años, llamaba y texteaba a su madre, Lizette Iglesias Orengo, o a su padre, Rubén Mariner García, cada vez que salía con amistades o solo. El 18 de septiembre de 2021 no fue la excepción. El joven, estudiante de arquitectura que cursaba el segundo año, salió a acompañar a un amigo al aeropuerto en San Juan. Después de recoger al pasajero que les esperaba y comer algo, solo restaba regresar a dormir a su casa. Era tarde y al otro día, Adrián deseaba trabajar en varias tareas pendientes de la universidad.
“Cuando se va de la casa de su amigo me dice: me estoy montando en el carro, te veo ya mismo. Yo le dije: ven con calma”, recordó Lizette, quien entonces esperó a escuchar el ruido del vehículo al llegar. Pero el tiempo pasaba y esto no ocurría. Preocupada, la madre le pidió a su esposo llegar hasta la casa del amigo de Adrián.
A pocos minutos de haber salido, en la entrada de un centro comercial de Yauco, Rubén se encontrón con la escena de un choque y vio que uno de los carros era el que conducía su hijo. Se bajó y caminó directamente hacia el primer policía que encontró.
“¿Y el muchacho de ese carro?”, preguntó.
El oficial de la policía le informó a Rubén que una mujer en estado de embriaguez que conducía a exceso de velocidad y contra del tránsito había impactado de frente el vehículo en el que viajaba su hijo, causándole la muerte.
Todavía incrédulo y atónito, llamó a su hija y le contó lo que había pasado. Pero no fue hasta que llegó a la casa, con la tristeza en los ojos, que Lizette confirmó lo que ya era una terrible sospecha.
“Fue una noche con mucha incertidumbre, mucho dolor. La pasamos aquí en la sala mi esposo y yo, pensando esto es una pesadilla, es un sueño, Adrián va a llegar. Aquí estuvimos los dos en nuestro mundo, con nuestro dolor, sin creerlo”, contó Lizette.
Al otro día, muy temprano, comenzó a llegar la gente. Amigos y familiares deseaban apoyar a la pareja y a su hija menor en medio del dolor. Todos compartían la incredulidad ante la noticia de que Adrián, tan lleno de vida y de sueños, había fallecido súbitamente.
“Él muere sábado y el lunes empezaba a trabajar con una firma de ingenieros. Lo escogieron entre muchos candidatos. La persona que lo entrevistó vio algo en él, algo especial”, dijo Lizette, todavía sin poder creer que ese primer día de trabajo nunca ocurrió.
Han pasado dos años desde el día del choque. La familia continúa lidiando con una herida profunda, aprendiendo a vivir día a día con la ausencia y el gran dolor que provoca. Los padres siguen revisitando las memorias con su hijo, atesorando los momentos vividos y agarrándose de ellos para conseguir consuelo. Se han cobijado en la fe que practicaban desde antes de la tragedia, junto a la gran familia de su iglesia. En ese espacio han tenido apoyo para manejar la frustración y la pena de haber perdido a su hijo en una circunstancia incomprensible para ellos.
“Le hicieron daño a Adrián y a todos los que conectamos con él. Hay toda una familia destruida”, afirma Rubén. Tanto él como su esposa entienden que las leyes para sancionar a los conductores ebrios deben ser más estrictas y cumplirse con toda la rigurosidad. Creen que se necesita hacer mucho más para evitar tragedias como la sufrida por ellos. Si algo desean, es que nadie tuviera que vivir un dolor como el suyo.



