Visten camisetas negras. Sus miradas transmiten una tristeza profunda. No pueden ni desean ocultarlo: el luto es demasiado reciente y extremadamente inesperado, doloroso, difícil de manejar.
Han pasado apenas dos meses del choque de tránsito en el que Keneth perdió la vida. Sin embargo, su familia decidió abrir las puertas de su hogar para compartir cómo han ido lidiando con la pérdida, la frustración, el coraje y tantas otras emociones que surgen cuando una vida se apaga de repente debido a un choque vial provocado por un conductor que, a dos horas del suceso, arrojó .19 de alcohol en la sangre. Este mismo conductor ya había ocasionado un choque grave bajo los efectos de bebidas alcohólicas.
Itza Rivera, madre de Keneth, quiere, pero no puede apalabrar de inmediato su relato. Llora a diario, muchas veces. Todavía no puede imaginar cómo será cuando el tiempo pase y su herida empiece a sanar un poco. Por eso, le cede la palabra a su compañero. Deja que sea él quien relate lo ocurrido el pasado 9 de septiembre.
Ese fue un día lluvioso. La autopista #22 estaba mojada cuando Keneth regresaba a casa, a eso de la 1:00 a.m., luego de haber salido un rato a pasear en motora con un grupo pequeño de amigos. Cerca del pueblo de Dorado, el conductor de otro vehículo lo impactó por la parte posterior. El golpe fue tan fuerte que el cuerpo del joven no aparecía. Cuando por fin lograron identificar dónde había caído, los testigos de la escena notan que todavía estaba vivo. La espera por la ambulancia que lo trasladara al hospital más cercano fue larga.
El joven, aficionado a las motocicletas, llevaba un casco protector “open face” y, de acuerdo con testigos, no iba conduciendo de manera negligente ni a exceso de velocidad. Sin embargo, la gravedad de sus heridas le provocaron la muerte poco después de recibir los primeros auxilios en el hospital.
“Keneth era un nene alegre, trabajador. Sobre todo, trabajador. Era una persona que luchaba por lo que quería. Se ponía una meta y la cumplía. Hace un año, quería una ‘pickup’ y se compró una RAM. Tenía sus dos trabajitos y buscaba la forma de pagar su guagüita sin pedirle un centavo a nadie”, cuenta su madre, en medio de un llanto profundo.
Ella sabe que habla desde su amor de mamá y, aunque no necesita validar su sentir, la impresionante muestra de solidaridad que recibió durante su despedida le confirmó lo especial que fue su hijo para muchísimas personas.
“Tuvo un sepelio que yo me quedé impactada. Me dijeron que si hubiera tenido que velar a otra persona el mismo día la gente no hubiera cabido. Fue tanta y tanta gente…como decimos nosotros, paralizó a Arecibo. El sepulturero decía que no había visto algo así hace años. Porque Keneth era otra cosa”, continúa Itza.
A su lado, Alexander Gaztambide -su compañero- asiente con la cabeza. Resalta la amistad que siempre lo unió al joven, quien era cariñoso y respetuoso con él.
“La realidad es que si ustedes llegan a ver ese funeral…lo que provocaba ese niño en la gente”, afirma con una mezcla de tristeza y frustración ante la forma en la que Keneth perdió la vida.
Al igual que otras familias que atraviesan la irreparable pérdida de uno de sus miembros a causa de un choque en el que hubo un conductor ebrio, Itza y todos sus familiares abogan por medidas que logren disuadir a los conductores de guiar si han consumido alcohol. O, en todo caso, que tengan que asumir las consecuencias de los daños que ocasionen.
“Yo entiendo que es tener un control. Todo el mundo tiene una vida social, pero es saber hasta qué limite llegar porque hoy soy yo llorando a mi hijo, pero hasta que no le toque a alguien de rango más grande, nadie va a tomar conciencia de las leyes. Las personas no las respetan”, lamenta la madre, quien atesora las muestras de amor que le dejó su hijo.
Keneth era muy detallista. Todavía están en la puerta de la nevera las notas con mensajes cariñosos que le dejaba a su mamá y ella nunca borrará. Pero como ningún recordatorio del amor entre madre e hijo sobra, Itza se tatutó el nombre de su hijo en el brazo poco tiempo después de su muerte. La tinta en su piel sirve de refugio para un dolor que apenas comienza a apalabrar, porque cada mención de él es una puñalada al corazón.
“¿Qué hay después de todo esto? No hay esperanza”, lamenta mientras llora por saber que no podrá vivir las experiencias que soñó para su hijo, incluyendo crear su propia familia. “No vi un nieto…”, dice Itza con tristeza.



